David
Castrillón Velásquez
Parece
una obligación cuando se llega a los últimos días del año, o a los comienzos
del nuevo, escribir algo sobre lo que vendrá. Algunos escribirán en papelitos,
otros, más organizados, en sus nuevas agendas y harán una especie de plan anual
que debe ser coherente con el de la vida. Pocos, simplemente, estarán cansados
de los planes y repasarán mentalmente sus promesas incumplidas. Verán que ya no es posible mentirse más
sobre lo mejor que les espera y se limitarán al silencio.
Si
repasamos estos esfuerzos, veremos que consisten en ordenar la vida, hacer de
ella algo coherente. Para el año que comienza tendremos, entonces, unos
propósitos, unas metas, unos logros y ya no será suficiente, como el año
anterior, una burra negra, una yegua blanca y una buena suegra. Ahora, será
otra burra, otra yegua y no diré nada sobre la suegra, que suficiente palo,
muchas veces sin ninguna justificación, le hemos dado en estas tierras. No creo
que se trate de un instinto de planeación y de tener el control, o de alcanzar el
éxito el próximo año. Pienso que esto es, en la actualidad, una de las
manifestaciones de algo más profundo.
Nosotros,
eternos inconformes, tenemos una necesidad de plenitud, que tal vez reposa en
nuestros genes como una herencia de aquel infinito que nos precede y que dio
paso a esto que somos. Y ese deseo de orden supremo, de paraísos y de felicidad
que cada año parece prometer, choca, irremediablemente, con nuestra realidad
finita, llena de dolores y alegrías, y que deja con el paso del tiempo su huella
en la carne. Nos movemos en medio de tragedias, pero como hormigas que trabajan
después de haber sido derrumbado el hormiguero, nos levantamos con una
obstinación irracional para rehacer aquello que fue destruido.
Me
han dicho, desde el colegio, que principalmente somos seres racionales. Si así
fuera, vería este mundo fríamente y la única salida sería un profundo pesimismo
sin vuelta a atrás. Además, mirando historias recientes vemos que en muchas
ocasiones la racionalidad de la que a veces nos sentimos orgullosos se ha
puesto al servicio, con toda su ciencia y sus planes, de las mayores maldades.
Si fuéramos principalmente racionales, no veríamos en el año que viene, en el
año que comienza, una posibilidad.
Ahí
está aquel sentimiento nada racional, de pie, vivo, en la mirada de un ser
humano (sobre todo en la mujer) que ve en la miseria más profunda una
posibilidad de encuentro: es la actitud de aquel que, en medio del dolor más
cruento, se levanta y, con otros, busca rehacer aquello que se llevó la muerte.
Es la esperanza absurda, como escribió Sabato, lo que caracteriza al hombre. Yo
veo, también, otra cosa: gestos de generosidad sin sentido, silenciosos,
pequeños, inexplicables que hacen que el ser humano siga viviendo y pensando
que otro final u otro comienzo son posibles.
No
puedo dejar de citar, en este punto, las palabras de alguien que vivió en medio
de las realidades más duras y oscuras de este mundo, y que expresan un
sentimiento que el año naciente me inspira:
La historia del hombre no es la batalla del bien que
intenta superar al mal. La historia del hombre es la batalla del gran mal que
trata de aplastar la semilla de la humanidad. Pero si ni siquiera lo humano ha
sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá.*
Es la semilla la bondad, esa mínima cosa sin sentido,
que no conoce de ideologías, ni de credos, donde encuentro el valor para
escribir sobre el año nuevo. Dirán que no es racional escribir que el próximo
año el mundo estará mejor, y estoy de acuerdo. Pero escribo porque aún me queda
lo irracional que todos compartimos para ver una salida en pequeños gestos de
bondad que aún no han sido aniquilados.
* Tomado de la
novela Vida y destino, de Vasili
Grossmman. Este hombre vivió lo que algunos consideran los dos mayores males
del siglo XX: el totalitarismo nazi y el comunismo soviético.

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